‘Un paseo ridículo sin posibilidades…en la inmensidad de mi atribulada mente, un paseo a la vorágine de la perdición inminente. Sin rumbo, en total soledad, o peor, abandono, sabiéndose totalmente inmerso uno en el sinsentido y la total decadencia. Condena maldita a una ineludible muerte en vida. Agonía atormentante. Liquidante. Jamás pedí nacer. Jamás debí. Jamás debió alguien haber puesto un puto átomo en el Cosmos. Perfección, solución…nada.
No se puede pelear cuando el enemigo es adimensional, cuando está en todo y en muchos, y sale en cada momento a acechar, sin dejar que la felicidad de los instantes perdure siquiera lo suficiente para sacar a uno del abismo. Al asomarse al borde de su salida, me pisan los dedos y me hacen caer aún más duramente. A duras penas despertando de la inconciencia, allí otra vez en el fondo, con un dolor más allá de lo aguantable…un robo de la alegría y la esperanza que quita las ganas de existir…sufriendo la destrucción paulatina, pero imparable, del propio Ser.
La paz me está negada. Esto me conlleva la condena a muerte en vida.’
